LAS PRIMERAS INCUBADORAS. UNA ATRACCIÓN DE FERIA.

En la primera mitad del siglo XX miles de bebés prematuros se exhibían en ferias dentro de incubadoras. En aquella época, éste era el único modo de poder mantenerlos con vida.

En la antigüedad, si un bebé nacía antes de tiempo las posibilidades de supervivencia eran muy escasas y su muerte se aceptaba como algo natural e ineludible.

Ante la falta de medios y conocimientos, la comunidad médica poco o nada podía hacer por ellos y su vida se dejaba en manos del destino.

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En 1880 comienzan a aparecer las primeras incubadoras, sin embargo no se implantaron definitivamente en los hospitales hasta la década de 1930. Mientras esto sucedía, la mayoría de los bebés prematuros estaban condenados a una muerte segura.

Pero había un lugar en el que estos recién nacidos tenían una oportunidad de sobrevivir: el parque de atracciones y su espectáculo de especímenes y bichos raros de Coney Island en Estados Unidos. Allí, al lado del “tragasables” y la “mujer barbuda”, los bebés se exhibían en público como una atracción de feria.

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Unas rudimentarias incubadoras les permitían mantener una temperatura corporal constante y respirar aire filtrado.

El show de “los bebés vivos”, de Coney Island, abrió sus puertas en 1903 y las mantuvo abiertas durante cuarenta años. Por sus instalaciones llegaron pasar cerca de 8000 niños, de ellos, más de 6500 lograron salvar su vida.

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UNA PUERTA ABIERTA A LA ESPERANZA

A la entrada de la barraca, el público se agolpaba bajo un gran cartel publicitario en el que se podía leer “TODO EL MUNDO AMA A LOS BEBÉS”. Por tan solo 25 centavos, los más curiosos podían contemplar de cerca cómo aquellos seres diminutos (la mayoría de un kilo y medio de peso) se mantenían misteriosamente con vida.

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Una vez dentro, daba la impresión de estar visitando un moderno hospital. Los pequeños se mostraban al público perfectamente alineados. A su alrededor, todo estaba increíblemente limpio y bien organizado. La mayoría dormía plácidamente dentro de sus incubadoras mientras eran atendidos por personal especializado.

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Dos médicos y seis enfermeras se paseaban constantemente, con su uniforme blanco almidonado, por el interior de la barraca. Varias nodrizas se encargaban dar de mamar o alimentar a los más pequeños con cuentagotas.

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Pero no debemos olvidar que el público había pagado una entrada para sorprenderse ante los “bebés vivos más pequeños del mundo” y ¡el espectáculo debía continuar! Incluso contrataron un voceador.  Un tipo guapo, llamado Archibald Leach, se colocaba en la entrada captando la atención de los transeúntes a grito de: ¡no se pierdan los bebés! ¡no pasen de largo!. Con el tiempo, Archibald Leach, trabajaría en Hollywood y se cambiaría el nombre por el de Cary Grant.

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Para resaltar aún más su pequeño tamaño, vestían a los recién nacidos con ropa varias tallas más grandes y les colocaban un gran lazo, rosa o azul dependiendo del sexo. Una de las enfermeras llevaba un enorme anillo brillante y, para asombrar a los presentes, lo sacaba de su dedo y lo pasaba a través de las diminutas manos de los pequeños.

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Era tal la expectación que generaba, que muchos visitantes, sobre todo mujeres, regresaban a menudo para ver el progreso de algún bebé en particular al que habían tomado especial cariño.

EL DOCTOR INCUBADORA

Al frente de este singular  espectáculo se encontraba el Dr. Martin Couney, un inmigrante judío-alemán conocido por todos como “Doctor Incubadora”. 

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A pesar de que Couney afirmó en varias ocasiones haber estudiado medicina en Leipzig (Berlín) y más tarde en París, no se han podido encontrar documentos que lo corroboren. Sin embargo se tiene constancia de que vivió en Francia, y colaboró en varias ocasiones con el obstetra francés Pierre Budin, considerado por muchos el padre de la neonatología moderna.

En 1896 viajó a Berlín con seis bebés prematuros, “donados” por un hospital de caridad. Su intención era promocionar en la Gran Exposición Industrial las primeras incubadoras cerradas conocidas como Kinderbrutanstalt, algo así como “el criadero de niños”.

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Además de un rotundo éxito de público, el Dr. Couney consiguió mantener a todos los niños con vida.  A esta exposición le sucederían muchas otras, con idénticos resultados.

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Exposición incubadora de bebés. Alaska-Yukon-Pacífico, Seattle, 1909.

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Exhibición interior que muestra siete incubadoras. Exposición AYP, Seattle, 1909.

Pronto comprendió el gran potencial de las incubadoras como negocio y las exportó a los Estados Unidos. Allí, paseó sus “tostadoras de cacahuetes”, como él mismo las llamaba, por varias ferias locales hasta que decidió montar dos exposiciones permanentes en Coney Island. Una en el Luna Park y la otra en Dreamland. Estos excéntricos negocios le llevarían en muy poco tiempo a convertirse un hombre rico.

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Sin embargo, nunca cobró ni un solo centavo a los padres que acudían a él en busca de ayuda. Mantenía las instalaciones y el personal, exclusivamente, con la venta de entradas. Aceptó a todos los bebés, sin hacer distinción de raza, sexo o religión.  Y puso un especial interés en los casos más difíciles.

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Con el tiempo, los bebés prematuros dejaron de interesar al público. A pesar de que bajó el precio de la entrada, cada día recibía menos visitas y los ingresos eran insuficientes incluso para cubrir gastos.

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Couney murió con ochenta años, arruinado y olvidado por la sociedad. Para unos fue un médico pionero y un héroe, para otros un empresario sin escrúpulos y un villano. Lo cierto es que con su iniciativa rescató a miles de bebés prematuros de una muerte segura, entre ellos a su propia hija, Hildegarde Couney, que terminaría trabajando como enfermera en el negocio de su padre.
Para ella y otros miles de bebés, el doctor Martin Couney les regaló una vida.

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Beth Allen, nacida en 1941, es una de los “bebés de incubadora” del doctor Couney que sobrevivió.

 

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